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Una de las herramientas terapéuticas que ha ganado más protagonismo en mi trabajo en consulta es el mero hecho de narrar y nombrar aquello que sucedía, y que no se nombró.

En mi propio proceso, recuerdo aún como era recibir palabras de mi terapeuta, al principio como una lucha interna y posteriormente, como una voz aliada que era un bálsamo para poder dar permiso a todo aquello reprimido.

Hay que ir con mucho tacto y cautela, no se trata de nombrar cualquier cosa, es dar en el clavo, con toda la información y señales que hemos ido recogiendo en cada sesión, y teniendo cómo termómetro las sensaciones internas del consultante, que es quién mejor sabe como sucedió y por boca de quién habló hasta ahora.

Muchas veces nombrar el desorden en el mapa familiar, o la no pertenencia, es liberador, y tirando de ese hilo es como se consigue el crecimiento y desarrollo personal.

Hacer hincapié en esa pieza clave, que no permitió un desarrollo fluido, y que generó una profunda herida en la infancia o adolescencia de la persona, es fundamental para integrar la realidad real, que además hay que añadir que nadie pudo visibilizar eso que aconteció porque ese adulto estaba registrando su vivencia y no la de la criatura.

Es delicado nombrar lo que no se nombró, es acompañar con palabras al niñ@ interior pero tener en frente sentad@ a un adulto con su personaje y coraza, que no siempre está dispuesto a recibir eso que no habla bien aparentemente de sus familiares.

Gracias a esa parte interna que a modo de memoria grabó todo aquello que quizás el adulto olvidó podemos ir recreando el escenario reprimido para completar la historia y así entender más nuestros patrones de comportamiento.

El poder de las palabras es sin duda un arma de doble filo, tanto pueden dañar como sanar, y usarlas conscientemente pueden ser un gran herramienta en nuestras relaciones.

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